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Laura vivió el terremoto de Colombia con las lecciones que aprendió en México

Laura Lucía Rodríguez volvió a sentir el miedo de un terremoto casi nueve años después de vivir el sismo del 19 de septiembre de 2017 en Ciudad de México. Esta vez se encontraba en el tercer piso de su casa, en Cali, Colombia, cuando el movimiento comenzó de forma leve y terminó obligándola a salir corriendo detrás de uno de sus gatos.

El terremoto del lunes 10 de agosto de 2026, de magnitud 7.4, sacudió el occidente de Colombia y provocó daños severos en ciudades como Cali, Pereira, Manizales y Quibdó. La emergencia también dejó cortes de electricidad, edificios colapsados y dificultades para que los habitantes conocieran la magnitud de lo ocurrido durante las primeras horas.

Para Laura, la experiencia mostró una diferencia importante entre ambos países: mientras en México los simulacros y las mochilas de emergencia forman parte de la preparación cotidiana ante los sismos, en su experiencia en el Valle del Cauca nunca había participado en un ejercicio de evacuación por terremoto.

La incertidumbre después del movimiento

Tras el sismo, la falta de electricidad y de información dificultó que Laura y sus familiares dimensionaran la emergencia. Al salir a la calle encontró polvo, escombros y personas que intentaban auxiliar a quienes habían quedado atrapados en distintas zonas de Cali.

Las escenas le recordaron lo que observó en Ciudad de México en 2017, cuando escuchaba a personas gritar los nombres de sus seres queridos entre las calles afectadas. En Cali volvió a escuchar llamados similares, debido a que los cortes de energía impedían utilizar timbres y otros medios para localizar a quienes permanecían dentro de los edificios.

La incertidumbre también alcanzó a su familia. Su padre perdió su casa en Sevilla Valle, una de las zonas afectadas en el departamento del Cauca, y ha tenido que permanecer fuera de la vivienda por temor a dejarla sola durante la noche.

Una mochila de emergencia aprendida en México

Durante su estancia en México, Laura aprendió a preparar una mochila de emergencia y a tener disponibles tenis, agua, comida, una linterna y un silbato. Después del terremoto colombiano recurrió a esas medidas casi de manera automática.

La preparación también influyó en su manera de reaccionar. Laura considera que en México existe mayor familiaridad con las rutas de evacuación y los protocolos, mientras que en su comunidad del Valle del Cauca muchas personas no saben cuál es la salida más segura o cómo actuar ante un movimiento de gran intensidad.

La falta de preparación genera un sentimiento de angustia e incertidumbre, porque muchas personas no saben qué hacer durante una emergencia de este tipo.

Vecinos asumieron las primeras labores de auxilio

En las primeras horas, habitantes de Cali y otras zonas afectadas comenzaron a retirar escombros y a buscar sobrevivientes. Laura observó que algunas personas intentaban ayudar sin contar con cascos, guantes ni capacitación, lo que aumentaba el riesgo de sufrir lesiones.

El toque de queda nocturno, los cortes de electricidad y las dificultades para desplazarse complicaron las labores de rescate. Aun así, grupos de ciudadanos utilizaron motocicletas para movilizarse y colaboraron en el retiro de materiales en diferentes puntos de la ciudad.

La respuesta solidaria volvió a conectar a Laura con su experiencia en México, donde después del terremoto de 2017 participó como voluntaria en un comedor comunitario para preparar alimentos a quienes trabajaban en los rescates. En Cali encontró nuevamente a una comunidad que buscaba ayudar, incluso en medio del miedo y la desinformación.

El terremoto dejó para Laura una conclusión inmediata: la preparación previa puede marcar una diferencia durante las primeras horas de una emergencia. Contar con suministros básicos, conocer las rutas de evacuación y realizar simulacros son medidas que ayudan a reducir la incertidumbre cuando la ciudad enfrenta un desastre.