El crecimiento de las iglesias evangélicas y su mayor participación en la política han modificado el equilibrio religioso y electoral de América Latina. En países como Colombia, Brasil, Costa Rica, Guatemala y México, líderes religiosos, partidos y movimientos conservadores han construido alianzas alrededor de la defensa de la familia tradicional y la oposición a derechos como el aborto, la educación sexual y la adopción homoparental.
La relación entre iglesias evangélicas y poder político no es nueva, pero durante las últimas décadas pasó de la defensa de la libertad religiosa a una intervención más directa en la discusión legislativa y electoral. El fenómeno también coincide con el debilitamiento de la hegemonía católica y con el crecimiento de la población protestante y de las personas sin filiación religiosa.
Colombia, un caso visible de la alianza religiosa y electoral
La trayectoria de Sara Castellanos y Laudjair “Lau” Guerra ilustra la conexión entre iglesias, familias y política. Castellanos, senadora colombiana e integrante de Salvación Nacional, proviene de la Misión Carismática Internacional, fundada por sus padres, César Castellanos y Claudia Rodríguez, en Bogotá.
La organización religiosa desarrolló una estructura internacional y, desde la década de 1990, sus fundadores también participaron en la actividad partidista. Con el paso del tiempo, integrantes de la familia Castellanos obtuvieron cargos legislativos y establecieron alianzas con distintos sectores políticos colombianos.
La elección de Abelardo de la Espriella y la llegada de Castellanos al Senado abrieron una nueva etapa para esa agenda conservadora. Entre los temas impulsados se encuentran la oposición al aborto y la defensa de una concepción tradicional de la familia.
El esposo de Castellanos, el pastor brasileño Laudjair Guerra, participa en actividades religiosas y es cantante de música gospel. Su presencia en eventos y redes sociales forma parte de una estrategia de comunicación dirigida especialmente a públicos jóvenes.
Brasil concentra una de las mayores fuerzas parlamentarias cristianas
En Brasil, la Frente Parlamentaria Evangélica funciona como una articulación suprapartidista con presencia en el Congreso. Para 2024, la organización reunía a más de 200 diputados federales, aunque no todos sus integrantes se identificaban necesariamente como evangélicos.
El expresidente Jair Bolsonaro fortaleció su relación con sectores evangélicos durante su carrera política, pese a conservar la identidad católica. Su bautismo en el río Jordán y su presencia constante junto a líderes cristianos se convirtieron en parte de su estrategia de movilización electoral.
La experiencia brasileña muestra que las iglesias no siempre necesitan formar partidos propios para influir en la agenda pública. También pueden operar mediante bancadas, alianzas electorales, campañas temáticas y el respaldo organizado a candidaturas de derecha.
El cambio religioso modifica el mapa político regional
Los datos disponibles muestran una transformación profunda en las creencias de la población latinoamericana. En México, la proporción de adultos que se identifican como católicos pasó de 81% en 2013-2014 a 67% en 2024, mientras que 20% se declaró sin afiliación religiosa y 9% se identificó como protestante.
En Brasil, los protestantes representan 29% de la población adulta; en Chile, 19%; en Colombia, 15%; y en Perú, 18%. Al mismo tiempo, la población sin afiliación religiosa creció de forma importante, especialmente en Chile, México, Colombia y Argentina.
Este cambio no implica que todas las iglesias evangélicas compartan una misma agenda política. Sin embargo, el aumento de su peso demográfico les ha permitido presentarse como un bloque electoral capaz de negociar con partidos de derecha, movimientos conservadores y, en algunos casos, gobiernos de izquierda.
De la libertad religiosa a la disputa por los derechos
El sociólogo Julio Córdova Villazón identifica tres etapas en la relación entre los sectores evangélicos y la política latinoamericana. La primera se extendió desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década de 1970, cuando predominaba una postura apolítica.
Durante las décadas de 1980 y 1990, las iglesias buscaron mayor visibilidad para defender la libertad religiosa y la igualdad de cultos ante la ley. En el siglo XXI, una parte de los sectores evangélicos conservadores pasó a promover una agenda moral desde el Estado, en alianza con movimientos de extrema derecha.
Entre los factores que favorecieron ese giro aparecen el crecimiento numérico de las iglesias, la influencia de los liderazgos carismáticos, la expansión de los medios y las redes sociales, así como la percepción de que los avances feministas y de la diversidad sexual amenazan el modelo tradicional de familia.
En este contexto, conceptos como “ideología de género” se incorporaron al discurso de grupos religiosos y políticos que buscan frenar políticas sobre derechos sexuales y reproductivos. La disputa dejó de concentrarse únicamente en los templos y pasó a los congresos, las campañas electorales y los sistemas educativos.
Una influencia creciente, pero no uniforme
La expansión evangélica también ha producido partidos y candidaturas en Costa Rica, Guatemala, Colombia y México. En algunos casos, los actores religiosos compiten con sus propias siglas; en otros, se integran a partidos existentes o respaldan a candidatos de derecha con posiciones favorables a sus demandas.
Aun así, la influencia religiosa no es omnipresente ni funciona de manera idéntica en toda la región. Las diferencias nacionales, la secularización, el crecimiento de las personas sin religión y la diversidad interna de las iglesias limitan la posibilidad de hablar de un bloque evangélico único.
El avance de estas organizaciones confirma que la religión volvió a ocupar un lugar central en la competencia política latinoamericana. Su papel en las próximas disputas dependerá de su capacidad para mantener alianzas, movilizar votantes y convertir sus posiciones morales en leyes y políticas públicas.

